
El pulso debilitado, por la herida que manaba su pata presa, era lo único que quedaba del argénteo lobo.
Sus gemidos lastimeros eran casi imperceptibles, al paso de curiosos pajarillos, que revoloteaban sin otra preocupación que saltar de rama en rama con sus trinos insistentes.
Las fuerzas le abandonaban lentamente, sintióse morir y su vida quedaría allí, sin más, por un enemigo que cercenó sus pasos y su libertad.
Era un día radiante y el sol se colaba por doquier, dotando a la hojarasca de un verde dorado casi cegador. Avanzó, como acostumbraba la muchacha, por la angosta senda, apartando aquí y allá, segura de saber por dónde íba, las ramas que se enganchaban en su vestido de lino rosado como un atardecer, en primavera.
Advirtió sorprendida que, el silencio reinaba en ese paraje, que se le presentaba por vez primera, ante sus ojos curiosos.
Se quedó paralizada cuando lo vió, no pensó en nada, la curiosidad era más fuerte que la cautela ante lo desconocido. Avanzó casi de puntillas, el lobo no hizo ademán de levantar su cabeza.
Agonizaba, agotado del dolor y la impotencia. Entreabrió un instante sus ojos, en un gesto de súplica a la bella mujer que le miraba, con infinita ternura y los cerró vencido.
No había tiempo que perder y resuelta, tomó el cepo y con gran cuidado liberó al animal que agonizaba.
Rasgó parte de su vestido con energía, envolviendo la herida con sumo cuidado, con el propósito de detener la hemorragia.
Pensó en contarlo, pedir ayuda, pero decidió callar, al menos de momento.
Sería un secreto entre ella y el lobo herido.

La muchacha se quedó mirando al lobo plateado, antes de regrasar a casa, como cada tarde, cuando el sol se acostaba en el rosa anaranjado del horizonte.
Su agitada respiración tornóse más pausada, como agradeciéndo la cura, sin entreabrir sus ojos de fuego.
La garganta estaba seca, exhalaba el calor interior que buscaba aire fresco, como paliativo a su sequedad inmensa. No tenía fuerzas, para siquiera erguirse, pero su boca ardía ante su impotencia, en desespero.
Y la joven volvió, provista de un cántaro de cobre patinado, con agua fresca, para que el lobo refrescara su angustia y su gaznate.
Humedeció primero su pañuelo y se lo acercó despacio, pasándolo suavemente por las comisuras resecas de su negro hocico, mientras el lobo se rendía , confiado.
Poco a poco volvió a la vida, con la paciente mano de esa mujer que, gota a gota, calmaba su acuciante sed, sabiendo que no debía darle demasiada, por su febril estado.
Cada día se reunía con el lobo, cambiando su vendaje con sumo cuidado, dándole de beber despacio, con la confianza de su mansedumbre y sin mediar palabra, hasta que una de las mañanas, el lobo despertó de su inconsciencia, mejorado.
De pronto, levantó su cuello, irguiendo su cabeza, entreabrió sus fulgentes ojos. Sus orejas cobraron de súbito toda energía, orientándose nerviosas a los sonidos del bosque, como en alerta.
Y haciendo un esfuerzo ímprobo, se valió de sus manos aún debilitadas, para desentumecer su lomo plateado, inmóvil durante esos días y quedóse sentado.
Alargó su ávida boca al cuenco, aún con agua y lamió, hasta agotar su contenido.
La oyó venir, a zancadas suaves, como días atrás, enervó sus orejas y esperó a que estuviera al alcance de sus ojos intrigados.
Era el momento en que, la fiera se miraría en los ojos de la dueña de aquellas manos, cuyo perfume tenía grabado en su memoria.
Clavó sus ojos centelleantes en los suyos, escudrinó el óvalo suave de su cara, contempló la sedosa melena de oro viejo y quedóse hipnotizado, como cuando cuando contemplaba la redondez de la luna.
Le dejó acercarse porque era ella. La que le rescató de una muerte segura, por nada a cambio.
E inclinó, a ras del suelo, su testuz de lobo manso, cuando ella pasó su mano con una ternura indescriptible, por la plata de su pelaje.

Los días, con sus noches claras íban pasando, mientras el lobo argénteo, con el mimo acostumbrado, era sanado de su pata, a la par que alimentado, por la bella dama.
Poco a poco sus energías volvieron a ser las de antaño, primero cojeando lentamente a tres patas, descansando del esfuerzo.
En días sucesivos, inicióse en breves paseos, apoyando la débil pata, de la que sólo quedaba una rosada cicatriz, como recuerdo de su fatal imprudencia.
Cada día, cuando el sol posaba sus cálidos rayos en su lomo, despertaba de improviso, abriendo en bostezo su potente mandíbula.
Enervaba su oído, orientando sus inquietas orejas, cuando olisqueaba en el aire el olor humano, de quien le salvara.
En un sólo movimiento se impulsaba, tomando sedente postura, con enérgicos movimientos pendulares de su altivo rabo.
Se acercó a la doncella, brincando a su alrededor, lamiendo el aire, mientras ladraba jubiloso, por la visita amiga desde el primer día.
Riéndose nerviosa por el jugueteo del cánido, desenvolvió el manjar que le traía y amorosamente, lo dejó en el suelo , apartándose para que lo engullera con la avidez propia de su raza licantropa.
Era el último día juntos, ella lo decidió aquella mañana de Junio, mientras se miraba al espejo, abstraída en sus pensamientos mudos.
El lobo no podría entenderlo, quizá con el tiempo o tal vez nunca.
Lo acarició por última vez con sus suaves manos de mujer, con una ternura infinita. Miróse en sus ojos de fuego, mientras las dulces lágrimas rodaban en silencio por sus mejillas de nácar, suspiró y besó la testuz del lobo, como último adiós y para siempre.
Él pertenecía al bosque, debía cazar su alimento, buscar una compañera de su especie, procurarse su cobijo, sólo, era su destino.
Ella debía volver a su vida, la que tenía, la que le esperaba, la que aún todavía estaba por llegar y por vivir.
Unas vidas acaban, para que otras comiencen.
Y la vida de sueños de mujer, de amores furtivos, de besos de almíbar y cielo, llamaba a su puerta, pidiendo su primer papel, como protagonista.
** Nota de la autora **:
Este relato, del que estoy especialmente orgullosa lo escribí, despacito muy despacito, hace ya un tiempo.
Me apetece compartirlo de nuevo con vosotros.